domingo, 14 de julio de 2013

Capítulo II ~This is Reality

This is Reality.
Capítulo II
E.POV

¡Joder, joder, joder!
Me había quedado dormido. Nunca más le pediría a mi hermano salir a tomar unos tragos si al día siguiente tenía una importante reunión. ¿A quién quería engañar? Era obvio que volvería hacerlo… además necesitaba buscar compañía de una noche para Edward Jr. Ni siquiera recordaba quién era con la que compartí mi cama. Solo sabía que debía fumar debido a sus estruendosos ronquidos, era rubia y tenía un buen cuerpo… de su rostro no podía decir nada. Estaba boca abajo estrangulando mi almohada. Esperaba que no estuviese babeándola. Me duché, cambié rápidamente y proseguí a despertar a la urraca. Sacudí suavemente su hombro… y nada. ¡Mierda! Iba a llegar tarde, muy tarde. Ni en sueños la dejaba sola en mi casa.
—Oye, tienes que irte. —Zarandeé con un poco más de fuerza su brazo y murmuró incoherentemente para luego darse la vuelta. Solté un suspiro de alivio al ver su rostro. Al menos era bonita… pero el alivio se fue al sentir nuevamente sus ronquidos. Al parecer no pensaba irse. Mierda.
Tomé mi celular y marqué el número de mi hermano.
—Hey, Eddie —respondió al tercer timbre.
—No me llames así, idiota —su risa resonó a través del teléfono—. Necesito un favor.
—¿Te quedaste sin condones, hermanito? La rubia de anoche estaba bastante buena.
—Sí, sí. Y ronca como la puta madre. No necesito nada. Ahora escucha, tengo una reunión importante y ya voy tarde. ¿Crees que podrías estar aquí en no más de diez minutos?
—Claro, hermano… déjame preguntarte, ¿para qué?
—No pienso dejar a la urraca sola en mi casa. Encárgate de que se vaya sin llevarse nada que no sea de su pertenencia… uno nunca sabe.
—Okey. Ya estoy saliendo.
Pude oír el sonido del motor de su Jeep. ¡Qué rápido! A eso le llamo un hermano eficiente.
—Emmett, ¿qué haces despierto a esta hora?
—Rosie me dejó durmiendo en mi auto… —No pude evitar reírme a carcajadas—. No te rías, fue tu culpa.

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—Tú querías ir por unas copas…
—Pero tú, hermanito, eras el que no se quería ir hasta conseguir una compañera. Ni loco iba a dejarte solo con el estado en que te encontrabas. Tenía que verificar qué clase de persona ibas a meter en tu casa. Gracias a ti he llegado más tarde de lo que le prometí a mi adorable esposa…
Rose era mi cuñada desde hace ya cinco años. Su carácter era… especial. Un momento era la adorable Rosie y al otro: la histérica, enojada, gritona y exasperante Rosalie. Esa pareja era algo digno de admirar con palomitas de maíz en mano. Se amaban, de eso no había duda, pero vivían discutiendo. Ella siempre buscaba un motivo para iniciar una pelea a la cual mi hermano se unía feliz. Tengo que admitir que envidiaba a Emm. Por más que me gustara conocer chicas nuevas cada semana, el anhelo por encontrar a aquella mujer que pusiera mi mundo de cabeza estaba siempre presente. Aquella con la que deseara estar de más de una manera, con quien pudiera hablar de todo y compartir buenos momentos, formar una familia…
—Eddie, ¿estás ahí? —La voz del oso me sacó de mis profundos pensamientos—. Estoy a dos cuadras. Ve saliendo, yo me encargo del problema.
—Gracias, Emm. Te debo una. Adiós.
—Unas cuantas diría yo… pero ya veremos cómo me las pagas. —Esto iba a costarme caro… muy caro.
Tomé rápidamente mi maletín y corrí hacia mi bebé. Mi preciado Volvo. Lo encendí y pisé el acelerador haciendo chirriar los neumáticos. Pude ver el auto de Emm aparcar en mi casa antes de doblar a la esquina…
.
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La “reunión importante” no era más que el hermano de mi jefe queriéndose divorciar lo más rápido posible y necesitaban al “mejor abogado de Londres”, que según ellos era yo. Traducción: “Eres el único idiota desesperado por crear tu propio bufete de abogados que harías cualquier cosa para aumentar tu capital.” A pesar de que era un profesional bastante prestigioso en la zona, al haber ganado varios juicios importantes en el corto tiempo que llevaba mi carrera, aún no había reunido los recursos suficientes para tenerlo y me había negado a la ayuda que mi padre ofreció, quería lograr esto solo. Puede que ese pensamiento fuera producto de mi desconfiada cabeza, era lo más probable.
Jamás trabajaba durante el fin de semana, por eso pasaba muchas más horas de lo habitual de lunes a viernes con la nariz metida entre millones de papeles para poder hacer lo que se me plazca luego y aquí estaba. Casi recién levantado después de una larga noche, pasando la tarde de un maravilloso sábado encontrando la forma de resolver el problemita de mi jefe. ¿Acaso no había estudiado? ¿No sabía que era humanamente imposible estar divorciado siquiera en un mes después de solicitado el trámite? Idiota, bueno para nada. En momentos así quería mandar todo a volar. Era el único en todo el edificio intentando encontrarle solución a lo imposible. Para ser sincero, mi permanencia esta tarde era para que mi jefe creyera que había intentado algo, buscado información en vano, moviendo a mis contactos. Ni siquiera con eso y el motivo de la separación, sería posible tal locura. ¿El tipo no podía solamente irse de su hogar, disfrutar de su soltería como cualquiera? No, jodámosle la vida a Eddie…
Cansado de mirar papeles sin realmente prestar atención a lo que leía, guardé mis cosas y me dispuse a salir de allí. Lo único que quería era tirarme en mi cama y dormir como si no hubiera mañana. Por los grandes ventanales de mi oficina, podía apreciar mi amada ciudad en todo su esplendor y pude ver que ya estaba oscureciendo. ¡Genial! Un día desperdiciado por nada.
Una de las cosas que no terminaba de entender era para qué demonios la gente se casaba si no estaba segura de lo que hacía. Bueno, tampoco es que uno fuese capaz de saber su futuro, pero conocía a la mujer de este tipo y se le notaba lo promiscua e interesada a cuadras de distancia, era obvio que si un hombre con más dinero se cruzaba por su camino iba a cambiar a su esposo sin dudarlo. El muy idiota debía estar tan ciego por “Miss silicona” que no se puso a pensar en esos pequeños detalles…
Tomé el teléfono y llamé a Emmett mientras caminaba hacia mi amado bebé, Spunk. (Sí, sí, le había puesto un nombre a mi auto. Inmaduro, demasiado, pero nunca dije que no lo fuera. Además lo amaba como si fuese mi hijo). Quería saber qué tal habían ido las cosas con la rubia. ¿Cómo era su nombre? No tenía la más mínima idea, tampoco es que me importase mucho. Eso quería decir que la noche anterior había bebido más de la cuenta. Le debía una grande a Emmett, no podía pedir mejor hermano. Siempre podía contar con él. En mi época de adolescente descarriado era el que se encargaba de cubrirme de mis padres cada vez que la cagaba, el que me iba a buscar a los bares cuando me metía en problemas luego de tomar hasta más no poder, cada vez que rendía un examen final en la universidad y, ahora con 28 años, arriesgaba su pellejo con su esposa para evitar que llevara la compañía equivocada a casa.
Esta vez quien atendió fue Rose, su forma de llamarme y el tono de voz me indicaba que en este momento era su persona menos favorita en el universo. No la culpaba. Miles de veces, había recibido sermones de su parte, diciéndome que ya no era un adolescente y que debía sentar cabeza de una vez. Entre ella y mi madre me volvían loco con ese tema. ¿No podían entender que aún no había encontrado a esa mujer?
—Cullen.
—Rose lo sient…
—Rosalie para ti en este momento. —Me dejó con las palabras en la boca. Suspiró—. Escucha Edward, no pierdas tu tiempo disculpándote, sabes que te amo como si fuésemos hermanos, nos conocemos hace muchísimo tiempo y todo eso y que voy a terminar perdonándote, pero anoche… anoche realmente te pasaste. Emm nunca había vuelto tan tarde, estaba preocupada, no atendía mis llamadas… te imaginarás cómo me puse.
—Realmente lo siento, Rose. No era su obligación… —Me subí al coche y emprendí el camino hacia mi casa.
—Pero él lo siente así. Piensa que debe protegerte, puede que exagere un poco y se ponga en papel de padre en vez de hermano mayor. Ed, ¿cuántas veces te di la misma charla? —Eso sonó como mi mamá… y después culpaba a mi hermano por tomar el rol equivocado.
—Un millón —murmuré entre dientes.
—Exacto. Y, ¿cuántas veces me has escuchado realmente y hecho caso? —No respondí—.  ¿Ves a lo que me refiero? Te lo vuelvo a decir, y espero que esta vez ese enorme cerebro tuyo lo procese como es debido. Tienes 28 años, ya no estás para estas cosas y mucho menos para que tu hermano actue de niñera. Creo que es hora de dejar los pubs y esperar por la indicada. Es hora de que madures del todo. Ya no tienes diecisiete años. Es cuestión de encontrar a tu chica ideal, solo eso. Mira a mi hermano, desde que está con María es otra persona, más responsable… aunque la tipa sea una perra… —Al parecer no era el único que lo pensaba. María era una jodida manipuladora y mi mejor amigo era su títere.
—No es fácil…
—Nadie dijo que lo fuera. Pero si sigues de juerga nunca vas a encontrarla.
—Sí, lo sé. Pero tengo necesidades… —Mi adorada cuñada explotó en carcajadas—. Es un tema serio. Además, Junior es feliz conociendo diferentes cuevas cada semana… —Su ataque de risa no hizo más que aumentar.
—Oh, alto ahí casanova, demasiada información —dijo cuando se calmó—. Ed, no te ofendas, pero, ¿tienes que ponerle nombre a todas tus… cosas? ¿Qué edad tienes? ¿Nunca vas a madurar verdad? —Ahora quien rió fui yo.
—Madurar es de frutas querida Rosie… y si la fruta madura, muere.
—¡No tienes remedio!
—Ves, no era tan difícil de entender. Ahora pon al teléfono a mi hermano.
—Adiós, Ed… —Podía imaginarla negando exasperadamente.
—¡Hey, idiota!
—¿Qué pasó con el problema?
—Oh, ya lo solucionamos. Sexo de reconciliación, no existe nada mejor.
—¡Cierra la boca! No hablaba de eso, me refería a la urraca.
—Ah, eso. Me costó bastante hacer que despegara su enorme y siliconado trasero de tu cama, pero lo logré. Se llevó un susto de muerte… creyó que "se había tirado al Cullen equivocado”, sus palabras, no las mías y por supuesto no le dije lo contrario. Me divertí bastante.
—Gracias hermano, te debo una…
—Y una grande, Eddie… Ah, antes que lo olvide, mamá llamó a tu casa, le sorprendió que fuera yo quien atendiera… en fin, en caso de que pregunte qué es lo que hacía yo ahí, le dije que había peleado con mi Rosie (cosa que no es del todo mentira) y que como el buen hermano que eres me ofreciste asilo.
—Gracias, Emm… escucha, debo colgar. Adiós.
—Adiós. Y recuerda, siempre usa protección. —Reí y colgué negando con la cabeza. Ninguno de los dos tenía cura. Él, a pesar de ser súper sobreprotector era igual de inmaduro que yo, me atrevía a decir que incluso peor. Solo me llevaba dos años de diferencia y sabía ocultar demasiado bien su verdadero yo. Solo la familia conocía al Emmett en modo idiota. Era una persona demasiado insoportable en las reuniones familiares, siempre encontraba algo para molestarte y/o hacerte pasar el momento más vergonzoso de tu vida. Típico de hermanos mayores.
Aparqué frente a mi casa y observé los alrededores. Una linda joven -al parecer mi nueva vecina-, intentaba zafarse del coqueteo del repartidor necesitado. Odiaba a ese chico y su jodida voz nasal, siempre era él quien traía los pedidos de ese local. Era un chico torpe, con necesidad de un buen orgasmo, no parte de su amiga -la mano derecha-, sino de una buena revolcada con una preciosa mujer...
Apagué el motor y bajé de Spunk. Comencé a caminar a mi hogar, pero algo hizo que detuviera mis pasos. Sentí un par de ojos sobre mí, perdón, reformulo: sentí un par de ojos violándome descaradamente, pero le resté importancia. Eso no era nada nuevo para mí.
Una estridente voz me obligó a girarme y dirigir mi mirada al lugar de donde provenía tal intensa observación y me topé con un par de ojos oscuros por una breve fracción de segundos y le sonreí pícaramente a la chica que se sonrojó intensamente y empujando a la denominada “chillona” que había captado mi atención, ingresó a su hogar de manera rápida y atropellada.
Era linda. Muy linda, su cabello castaño le llegaba a la cintura cayendo en suaves y sedosas ondas. Tenía unos carnosos y rojos labios, vestía unos -demasiados- favorecedores jeans y una simple y ajustada camisa a cuadros azul que resaltaba su blanco tono de piel… y, ¿qué demonios me pasaba? Ahora lo que apretaban eran mis pantalones. ¡Mierda! Ingresé a mi casa intentando pensar cosas que ayudaran a que mi -no muy pequeño- problema se fuera. No tuve demasiado éxito, no me podía sacar esa mirada de deseo que había visto en ella ni esa boca… Okey, iba a necesitar una ducha fría.
Una sexy vecina… quién iba a pensarlo. Alguna que otra vez había fantaseado con eso, pero nunca pensé que fuera real, estaba pensando seriamente en cumplirla…
Domingo, ese día que no se disfruta gracias al mal humor que tiene uno al pensar que el día siguiente es lunes y la rutina comienza nuevamente. Lo ideal es dormir plácidamente hasta al medio día, eso sí, si es que te has independizado y vives solo, ya que eso en casa de los padres de uno es imposible con el famoso “almuerzo familiar”. Ahora que tenía la oportunidad de descansar cuanto quisiera, no podía hacerlo. Había soñado toda la noche con esa chica cual adolescente impidiéndome descansar como era debido. Y como si fuera poco no poder pegar un ojo plácidamente en toda la noche y estar prácticamente madrugando nuevamente, el problema entre mis piernas no cedía. Traté de ignorarlo lo más que pude, no quería autosatisfacerme, no lo hacía desde los quince y no iba a retomar mis prácticas manuales años después. De ninguna manera.
O eso pensaba hasta que no lograba calmar a Junior con nada y me vi obligado a hacerlo... aquí me encontraba, en mi habitación masturbándome como si tuviera diecisiete años y pensando en mi vecina que apenas había visto por unos segundos…
Creo que estaba jodido, bastante jodido.
Salí de mi placentera ducha solo con una toalla alrededor de mi cadera y con otra sequé las gotas que caían desde mi cabello a mi torso. Me vestí con unos simples jeans caídos negros que dejaba entrever mi bóxer azul y una simple camiseta blanca. Tomé mis amados lentes de sol junto con las llaves y me largué de casa. Planeaba caminar sin rumbo fijo por un rato para despejar mi mente.
Al salir, inevitablemente dirigí mi mirada a cierta vivienda junto a la mía y una involuntaria sonrisa se formó en mi rostro. Emprendí mi caminata y dando vueltas terminé pasando por un local de Starbucks. No era muy fanático de esa cosa, pero después de esa mala y calurosa noche, para poder continuar el día iba a necesitar de un buen café.
Me senté tranquilamente junto a la ventana disfrutando de mi momento de tranquilidad. Terminé mi “desayuno” y me levanté para irme. Caminé por el local hasta que una figura rubia cruzando la calle llamó mi atención. Era la urraca, tal vez estaría dispuesta a pasar otra noche conmigo. Iba a romper mi regla de “solo una vez”, pero no me importaba.
Estaba tan concentrado en seguirle los pasos para no perderla que no me percaté de la pequeña figura que venía igual de distraída que yo en mi dirección, hasta que su cuerpo colisionó con el mío. Fue tal el impacto que ella trastabilló hacia atrás. Fui lo suficientemente rápido como para agarrarla por su cintura y atraerla hacia mí antes de que cayera. Permaneció con los ojos fuertemente cerrados y sus mejillas sonrojadas. Ahí fue cuando la reconocí, era mi sexy vecina. Sus labios me llamaban, tal vez podría aprovechar e inclinarme un poco… No, estaba loco. Si la besaba iba a quedar como un completo pervertido que había abusado de la situación. Comenzó a abrir sus ojos lentamente, pero no se fijó en mí. Cuando los posó en mí se vio confundida por un momento para luego sonrojarse furiosamente. Me había reconocido. Yo no podía despegar mi mirada de esos enormes y preciosos ojos color chocolate. Esbocé una sonrisa pícara, esa que sabía que hacía que las bragas de las mujeres cayeran automáticamente.
Le pregunté si se encontraba bien, pero no respondió, la notaba aturdida. Probablemente por la vergüenza. Me disculpé, pero seguía sin responder.
—Te me haces conocida, ¿tú eres…? —murmuré intentando hacer que reaccionara.
—Tu bipolar, loca, impulsiva, explosiva, extrovertida, pero de buen corazón vecina… Isabella Swan, puedes llamarme Bella. Un gusto. —La miré sorprendido por su repentino cambio.  Todas las palabras que se le habían trabado anteriormente salieron todas juntas.
—Edward… Cullen. — tartamudeé como un idiota.
—¿Puedes…? —dijo removiéndose entre mis brazos. Estaba tan embobado mirándola que había olvidado que mis manos aún se aferraban a sus caderas.
—Oh, sí. Lo siento. También por el choque. —Mis manos picaban por volver a tocarla.
—Está bien, Edward. —Oír mi nombre salir de sus labios me gustó.  Mucho—. Estaba demasiado desesperada por comprar, también debo disculparme.
—Entonces, ¿es una disculpa mutua? —inquirí extendiendo mi mano. Ansioso porque su piel volviera a estar en contacto con la mía. Sentí mi teléfono vibrar en mi bolsillo. ¡Maldición! No quería dejarla… estaba enloqueciendo en menos de veinticuatro horas—. Bueno, buena suerte con tu compra, debo irme. Nos vemos luego… Bella. —Su nombre saliendo de mi boca tampoco sonaba nada mal.
—Nos vemos. —Apenas fue un murmullo. Se veía, ¿decepcionada?
—¿Bella? —No sé qué me llevó a llamar su atención nuevamente al estar a pasos de la salida.
—¿Sí? —respondió rápidamente.
—Ten cuidado por dónde caminas. —Por impulsivo me vi obligado a decir la primera idiotez que apareció en mi cerebro. Iba a quedar como un tarado. Genial. Le guiñé un ojo y salí disfrutando de la expresión en su rostro. De ser posible su mandíbula estaría por los suelos…
Al salir una brisa alborotó aún más mi rebelde cabello. Recoloqué mis lentes y con una enorme sonrisa en mi cara regresé a mi hogar. Pensando los pasos que iba a seguir para hacer que ella terminara en mi cama. Sí, la deseaba. Y ahora que tenía la oportunidad de cumplir una de mis fantasías… no iba a desaprovecharla.






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