This is Reality.
Capítulo II
E.POV
¡Joder, joder,
joder!
Me había quedado
dormido. Nunca más le pediría a mi hermano salir a tomar unos tragos si al día
siguiente tenía una importante reunión. ¿A quién quería engañar? Era obvio que
volvería hacerlo… además necesitaba buscar compañía
de una noche para Edward Jr. Ni siquiera recordaba quién era con la que
compartí mi cama. Solo sabía que debía fumar debido a sus estruendosos
ronquidos, era rubia y tenía un buen cuerpo… de su rostro no podía decir nada.
Estaba boca abajo estrangulando mi almohada. Esperaba que no estuviese
babeándola. Me duché, cambié rápidamente y proseguí a despertar a la urraca. Sacudí suavemente su hombro…
y nada. ¡Mierda! Iba a llegar tarde, muy tarde. Ni en sueños la dejaba sola en
mi casa.
—Oye, tienes que
irte. —Zarandeé con un poco más de fuerza su brazo y murmuró incoherentemente
para luego darse la vuelta. Solté un suspiro de alivio al ver su rostro. Al
menos era bonita… pero el alivio se fue al sentir nuevamente sus ronquidos. Al
parecer no pensaba irse. Mierda.
Tomé mi celular y
marqué el número de mi hermano.
—Hey, Eddie
—respondió al tercer timbre.
—No me llames así,
idiota —su risa resonó a través del teléfono—. Necesito un favor.
—¿Te quedaste sin
condones, hermanito? La rubia de anoche estaba bastante buena.
—Sí, sí. Y ronca
como la puta madre. No necesito nada. Ahora escucha, tengo una reunión
importante y ya voy tarde. ¿Crees que podrías estar aquí en no más de diez
minutos?
—Claro, hermano…
déjame preguntarte, ¿para qué?
—No pienso dejar a
la urraca sola en mi casa. Encárgate de que se vaya sin llevarse nada que no
sea de su pertenencia… uno nunca sabe.
—Okey. Ya estoy
saliendo.
Pude oír el sonido
del motor de su Jeep. ¡Qué rápido! A eso le llamo un hermano eficiente.
—Emmett, ¿qué haces
despierto a esta hora?
—Rosie me dejó durmiendo
en mi auto… —No pude evitar reírme a carcajadas—. No te rías, fue tu culpa.
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—Tú querías ir por
unas copas…
—Pero tú,
hermanito, eras el que no se quería ir hasta conseguir una compañera. Ni loco
iba a dejarte solo con el estado en que te encontrabas. Tenía que verificar qué
clase de persona ibas a meter en tu casa. Gracias a ti he llegado más tarde de
lo que le prometí a mi adorable esposa…
Rose era mi cuñada
desde hace ya cinco años. Su carácter era… especial. Un momento era la adorable
Rosie y al otro: la histérica, enojada, gritona y exasperante Rosalie. Esa
pareja era algo digno de admirar con palomitas de maíz en mano. Se amaban, de
eso no había duda, pero vivían discutiendo. Ella siempre buscaba un motivo para
iniciar una pelea a la cual mi hermano se unía feliz. Tengo que admitir que
envidiaba a Emm. Por más que me gustara conocer chicas nuevas cada semana, el
anhelo por encontrar a aquella mujer que pusiera mi mundo de cabeza estaba
siempre presente. Aquella con la que deseara estar de más de una manera, con
quien pudiera hablar de todo y compartir buenos momentos, formar una familia…
—Eddie, ¿estás ahí?
—La voz del oso me sacó de mis profundos pensamientos—. Estoy a dos cuadras. Ve
saliendo, yo me encargo del problema.
—Gracias, Emm. Te
debo una. Adiós.
—Unas cuantas diría
yo… pero ya veremos cómo me las pagas. —Esto iba a costarme caro… muy caro.
Tomé rápidamente mi
maletín y corrí hacia mi bebé. Mi preciado Volvo. Lo encendí y pisé el
acelerador haciendo chirriar los neumáticos. Pude ver el auto de Emm aparcar en
mi casa antes de doblar a la esquina…
.
.
La “reunión
importante” no era más que el hermano de mi jefe queriéndose divorciar lo más
rápido posible y necesitaban al “mejor abogado de Londres”, que según ellos era
yo. Traducción: “Eres el único idiota
desesperado por crear tu propio bufete de abogados que harías cualquier cosa
para aumentar tu capital.” A pesar de que era un profesional bastante
prestigioso en la zona, al haber ganado varios juicios importantes en el corto
tiempo que llevaba mi carrera, aún no había reunido los recursos suficientes
para tenerlo y me había negado a la ayuda que mi padre ofreció, quería lograr
esto solo. Puede que ese pensamiento fuera producto de mi desconfiada cabeza,
era lo más probable.
Jamás trabajaba
durante el fin de semana, por eso pasaba muchas más horas de lo habitual de
lunes a viernes con la nariz metida entre millones de papeles para poder hacer
lo que se me plazca luego y aquí estaba. Casi recién levantado después de una
larga noche, pasando la tarde de un maravilloso sábado encontrando la forma de
resolver el problemita de mi jefe. ¿Acaso no había estudiado? ¿No sabía que era
humanamente imposible estar divorciado siquiera en un mes después de solicitado
el trámite? Idiota, bueno para nada. En momentos así quería mandar todo a
volar. Era el único en todo el edificio intentando encontrarle solución a lo
imposible. Para ser sincero, mi permanencia esta tarde era para que mi jefe
creyera que había intentado algo, buscado información en vano, moviendo a mis
contactos. Ni siquiera con eso y el motivo de la separación, sería posible tal
locura. ¿El tipo no podía solamente irse de su hogar, disfrutar de su soltería
como cualquiera? No, jodámosle la vida a Eddie…
Cansado de mirar
papeles sin realmente prestar atención a lo que leía, guardé mis cosas y me
dispuse a salir de allí. Lo único que quería era tirarme en mi cama y dormir
como si no hubiera mañana. Por los grandes ventanales de mi oficina, podía
apreciar mi amada ciudad en todo su esplendor y pude ver que ya estaba
oscureciendo. ¡Genial! Un día desperdiciado por nada.
Una de las cosas
que no terminaba de entender era para qué demonios la gente se casaba si no
estaba segura de lo que hacía. Bueno, tampoco es que uno fuese capaz de saber
su futuro, pero conocía a la mujer de este tipo y se le notaba lo promiscua e
interesada a cuadras de distancia, era obvio que si un hombre con más dinero se
cruzaba por su camino iba a cambiar a su esposo sin dudarlo. El muy idiota
debía estar tan ciego por “Miss silicona”
que no se puso a pensar en esos pequeños detalles…
Tomé el teléfono y
llamé a Emmett mientras caminaba hacia mi amado bebé, Spunk. (Sí, sí, le había
puesto un nombre a mi auto. Inmaduro, demasiado, pero nunca dije que no lo
fuera. Además lo amaba como si fuese mi hijo). Quería saber qué tal habían ido
las cosas con la rubia. ¿Cómo era su nombre? No tenía la más mínima idea,
tampoco es que me importase mucho. Eso quería decir que la noche anterior había
bebido más de la cuenta. Le debía una grande a Emmett, no podía pedir mejor
hermano. Siempre podía contar con él. En mi época de adolescente descarriado
era el que se encargaba de cubrirme de mis padres cada vez que la cagaba, el
que me iba a buscar a los bares cuando me metía en problemas luego de tomar
hasta más no poder, cada vez que rendía un examen final en la universidad y,
ahora con 28 años, arriesgaba su pellejo con su esposa para evitar que llevara
la compañía equivocada a casa.
Esta vez quien
atendió fue Rose, su forma de llamarme y el tono de voz me indicaba que en este
momento era su persona menos favorita en el universo. No la culpaba. Miles de
veces, había recibido sermones de su parte, diciéndome que ya no era un
adolescente y que debía sentar cabeza de una vez. Entre ella y mi madre me
volvían loco con ese tema. ¿No podían entender que aún no había encontrado a
esa mujer?
—Cullen.
—Rose lo sient…
—Rosalie para ti en
este momento. —Me dejó con las palabras en la boca. Suspiró—. Escucha Edward,
no pierdas tu tiempo disculpándote, sabes que te amo como si fuésemos hermanos,
nos conocemos hace muchísimo tiempo y todo eso y que voy a terminar perdonándote,
pero anoche… anoche realmente te pasaste. Emm nunca había vuelto tan tarde,
estaba preocupada, no atendía mis llamadas… te imaginarás cómo me puse.
—Realmente lo
siento, Rose. No era su obligación… —Me subí al coche y emprendí el camino
hacia mi casa.
—Pero él lo siente
así. Piensa que debe protegerte, puede que exagere un poco y se ponga en papel
de padre en vez de hermano mayor. Ed, ¿cuántas veces te di la misma charla?
—Eso sonó como mi mamá… y después culpaba a mi hermano por tomar el rol
equivocado.
—Un millón —murmuré
entre dientes.
—Exacto. Y,
¿cuántas veces me has escuchado realmente y hecho caso? —No respondí—. ¿Ves a lo que me refiero? Te lo vuelvo a
decir, y espero que esta vez ese enorme cerebro tuyo lo procese como es debido.
Tienes 28 años, ya no estás para estas cosas y mucho menos para que tu hermano
actue de niñera. Creo que es hora de dejar los pubs y esperar por la indicada.
Es hora de que madures del todo. Ya no tienes diecisiete años. Es cuestión de
encontrar a tu chica ideal, solo eso. Mira a mi hermano, desde que está con
María es otra persona, más responsable… aunque la tipa sea una perra… —Al
parecer no era el único que lo pensaba. María era una jodida manipuladora y mi
mejor amigo era su títere.
—No es fácil…
—Nadie dijo que lo
fuera. Pero si sigues de juerga nunca vas a encontrarla.
—Sí, lo sé. Pero
tengo necesidades… —Mi adorada cuñada explotó en carcajadas—. Es un tema serio.
Además, Junior es feliz conociendo diferentes cuevas cada semana… —Su ataque de
risa no hizo más que aumentar.
—Oh, alto ahí
casanova, demasiada información —dijo cuando se calmó—. Ed, no te ofendas,
pero, ¿tienes que ponerle nombre a todas tus… cosas? ¿Qué edad tienes? ¿Nunca
vas a madurar verdad? —Ahora quien rió fui yo.
—Madurar es de
frutas querida Rosie… y si la fruta madura, muere.
—¡No tienes
remedio!
—Ves, no era tan
difícil de entender. Ahora pon al teléfono a mi hermano.
—Adiós, Ed… —Podía
imaginarla negando exasperadamente.
—¡Hey, idiota!
—¿Qué pasó con el
problema?
—Oh, ya lo
solucionamos. Sexo de reconciliación, no existe nada mejor.
—¡Cierra la boca!
No hablaba de eso, me refería a la urraca.
—Ah, eso. Me costó
bastante hacer que despegara su enorme y siliconado trasero de tu cama, pero lo
logré. Se llevó un susto de muerte… creyó que "se había tirado al Cullen
equivocado”, sus palabras, no las mías y por supuesto no le dije lo contrario.
Me divertí bastante.
—Gracias hermano,
te debo una…
—Y una grande,
Eddie… Ah, antes que lo olvide, mamá llamó a tu casa, le sorprendió que fuera
yo quien atendiera… en fin, en caso de que pregunte qué es lo que hacía yo ahí,
le dije que había peleado con mi Rosie (cosa que no es del todo mentira) y que
como el buen hermano que eres me ofreciste asilo.
—Gracias, Emm…
escucha, debo colgar. Adiós.
—Adiós. Y recuerda,
siempre usa protección. —Reí y colgué negando con la cabeza. Ninguno de los dos
tenía cura. Él, a pesar de ser súper sobreprotector era igual de inmaduro que
yo, me atrevía a decir que incluso peor. Solo me llevaba dos años de diferencia
y sabía ocultar demasiado bien su verdadero yo. Solo la familia conocía al
Emmett en modo idiota. Era una persona demasiado insoportable en las reuniones
familiares, siempre encontraba algo para molestarte y/o hacerte pasar el
momento más vergonzoso de tu vida. Típico de hermanos mayores.
Aparqué frente a mi
casa y observé los alrededores. Una linda joven -al parecer mi nueva vecina-,
intentaba zafarse del coqueteo del repartidor necesitado. Odiaba a ese chico y
su jodida voz nasal, siempre era él quien traía los pedidos de ese local. Era
un chico torpe, con necesidad de un buen orgasmo, no parte de su amiga -la mano
derecha-, sino de una buena revolcada con una preciosa mujer...
Apagué el motor y
bajé de Spunk. Comencé a caminar a mi hogar, pero algo hizo que detuviera mis
pasos. Sentí un par de ojos sobre mí, perdón, reformulo: sentí un par de ojos
violándome descaradamente, pero le resté importancia. Eso no era nada nuevo
para mí.
Una estridente voz
me obligó a girarme y dirigir mi mirada al lugar de donde provenía tal intensa
observación y me topé con un par de ojos oscuros por una breve fracción de
segundos y le sonreí pícaramente a la chica que se sonrojó intensamente y
empujando a la denominada “chillona” que había captado mi atención, ingresó a
su hogar de manera rápida y atropellada.
Era linda. Muy
linda, su cabello castaño le llegaba a la cintura cayendo en suaves y sedosas
ondas. Tenía unos carnosos y rojos labios, vestía unos -demasiados-
favorecedores jeans y una simple y ajustada camisa a cuadros azul que resaltaba
su blanco tono de piel… y, ¿qué demonios me pasaba? Ahora lo que apretaban eran
mis pantalones. ¡Mierda! Ingresé a mi casa intentando pensar cosas que ayudaran
a que mi -no muy pequeño- problema se fuera. No tuve demasiado éxito, no me
podía sacar esa mirada de deseo que había visto en ella ni esa boca… Okey, iba
a necesitar una ducha fría.
Una sexy vecina…
quién iba a pensarlo. Alguna que otra vez había fantaseado con eso, pero nunca
pensé que fuera real, estaba pensando seriamente en cumplirla…
Domingo, ese día
que no se disfruta gracias al mal humor que tiene uno al pensar que el día
siguiente es lunes y la rutina comienza nuevamente. Lo ideal es dormir plácidamente
hasta al medio día, eso sí, si es que te has independizado y vives solo, ya que
eso en casa de los padres de uno es imposible con el famoso “almuerzo
familiar”. Ahora que tenía la oportunidad de descansar cuanto quisiera, no
podía hacerlo. Había soñado toda la noche con esa chica cual adolescente
impidiéndome descansar como era debido. Y como si fuera poco no poder pegar un
ojo plácidamente en toda la noche y estar prácticamente madrugando nuevamente,
el problema entre mis piernas no cedía. Traté de ignorarlo lo más que pude, no
quería autosatisfacerme, no lo hacía desde los quince y no iba a retomar mis
prácticas manuales años después. De ninguna manera.
O eso pensaba hasta
que no lograba calmar a Junior con nada y me vi obligado a hacerlo... aquí me
encontraba, en mi habitación masturbándome como si tuviera diecisiete años y
pensando en mi vecina que apenas había visto por unos segundos…
Creo que estaba
jodido, bastante jodido.
Salí de mi placentera ducha solo con una toalla
alrededor de mi cadera y con otra sequé las gotas que caían desde mi cabello a
mi torso. Me vestí con unos simples jeans caídos negros que dejaba entrever mi
bóxer azul y una simple camiseta blanca. Tomé mis amados lentes de sol junto
con las llaves y me largué de casa. Planeaba caminar sin rumbo fijo por un rato
para despejar mi mente.
Al salir,
inevitablemente dirigí mi mirada a cierta vivienda junto a la mía y una
involuntaria sonrisa se formó en mi rostro. Emprendí mi caminata y dando
vueltas terminé pasando por un local de Starbucks. No era muy fanático de esa
cosa, pero después de esa mala y calurosa noche, para poder continuar el día
iba a necesitar de un buen café.
Me senté
tranquilamente junto a la ventana disfrutando de mi momento de tranquilidad.
Terminé mi “desayuno” y me levanté para irme. Caminé por el local hasta que una
figura rubia cruzando la calle llamó mi atención. Era la urraca, tal vez
estaría dispuesta a pasar otra noche conmigo. Iba a romper mi regla de “solo
una vez”, pero no me importaba.
Estaba tan concentrado
en seguirle los pasos para no perderla que no me percaté de la pequeña figura
que venía igual de distraída que yo en mi dirección, hasta que su cuerpo
colisionó con el mío. Fue tal el impacto que ella trastabilló hacia atrás. Fui
lo suficientemente rápido como para agarrarla por su cintura y atraerla hacia
mí antes de que cayera. Permaneció con los ojos fuertemente cerrados y sus
mejillas sonrojadas. Ahí fue cuando la reconocí, era mi sexy vecina. Sus labios
me llamaban, tal vez podría aprovechar e inclinarme un poco… No, estaba loco.
Si la besaba iba a quedar como un completo pervertido que había abusado de la
situación. Comenzó a abrir sus ojos lentamente, pero no se fijó en mí. Cuando
los posó en mí se vio confundida por un momento para luego sonrojarse
furiosamente. Me había reconocido. Yo no podía despegar mi mirada de esos
enormes y preciosos ojos color chocolate. Esbocé una sonrisa pícara, esa que
sabía que hacía que las bragas de las mujeres cayeran automáticamente.
Le pregunté si se
encontraba bien, pero no respondió, la notaba aturdida. Probablemente por la
vergüenza. Me disculpé, pero seguía sin responder.
—Te me haces
conocida, ¿tú eres…? —murmuré intentando hacer que reaccionara.
—Tu bipolar, loca, impulsiva, explosiva, extrovertida, pero
de buen corazón vecina… Isabella Swan, puedes llamarme Bella. Un gusto. —La miré sorprendido por su repentino
cambio. Todas las palabras que se le
habían trabado anteriormente salieron todas juntas.
—Edward… Cullen. —
tartamudeé como un idiota.
—¿Puedes…? —dijo
removiéndose entre mis brazos. Estaba tan embobado mirándola que había olvidado
que mis manos aún se aferraban a sus caderas.
—Oh, sí. Lo siento.
También por el choque. —Mis manos picaban por volver a tocarla.
—Está bien, Edward.
—Oír mi nombre salir de sus labios me gustó.
Mucho—. Estaba demasiado desesperada por comprar, también debo
disculparme.
—Entonces, ¿es una
disculpa mutua? —inquirí extendiendo mi mano. Ansioso porque su piel volviera a
estar en contacto con la mía. Sentí mi teléfono vibrar en mi bolsillo.
¡Maldición! No quería dejarla… estaba enloqueciendo en menos de veinticuatro
horas—. Bueno, buena suerte con tu compra, debo irme. Nos vemos luego… Bella.
—Su nombre saliendo de mi boca tampoco sonaba nada mal.
—Nos vemos. —Apenas
fue un murmullo. Se veía, ¿decepcionada?
—¿Bella? —No sé qué
me llevó a llamar su atención nuevamente al estar a pasos de la salida.
—¿Sí? —respondió
rápidamente.
—Ten cuidado por
dónde caminas. —Por impulsivo me vi obligado a decir la primera idiotez que
apareció en mi cerebro. Iba a quedar como un tarado. Genial. Le guiñé un ojo y
salí disfrutando de la expresión en su rostro. De ser posible su mandíbula
estaría por los suelos…
Al salir una brisa
alborotó aún más mi rebelde cabello. Recoloqué mis lentes y con una enorme
sonrisa en mi cara regresé a mi hogar. Pensando los pasos que iba a seguir para
hacer que ella terminara en mi cama. Sí, la deseaba. Y ahora que tenía la
oportunidad de cumplir una de mis fantasías… no iba a desaprovecharla.
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