Capítulo I.
¡No lo podía creer!
Al fin habíamos aterrizado en el aeropuerto Heathrow, de mi
amada Londres. Eran las 10 am hora local, 2 am hora en Seattle. Estaba ciento
por ciento segura de que el divino Jet lag junto con la falta de sueño, iba a
dejarnos muertas en cuanto llegásemos a nuestra nueva casa. Las 9 horas y 34
minutos que duró el vuelo no hicimos más que hablar como si no hubiera mañana,
no es que nunca lo hiciéramos, solo que esta vez era peor, muchísimo peor
debido a la emoción. Estábamos a punto de cumplir el “Típico sueño entre mejores amigas”: irnos a vivir juntas a la
ciudad más impresionante y perfecta del universo. Al centro neurálgico en el
ámbito de las artes, el comercio, la moda y el entretenimiento. Desde que nos
conocemos -hace ya cinco años-, que no dejábamos de parlotear sobre este viaje.
Tomamos nuestros bolsos de manos a la velocidad de la luz,
bajamos del avión tan rápido como nuestras piernas pudieron y las personas que
parecían estar en un cortejo fúnebre por su lentitud, nos permitieron pasar y
nos dirigimos desesperadas a registrarnos y buscar el resto de nuestro
equipaje.
Ansiosas, apenas recogimos nuestras cosas, literalmente, corrimos
en busca de un taxi, anhelantes por ver nuestro nuevo hogar.
Desde los dieciséis años que habíamos empezado a trabajar en
cuánto lugar podíamos para poder ahorrar. Obviamente, todo lo juntado con
nuestro empeño no fue suficiente y nos vimos obligadas a rogarles a nuestros
progenitores. Nos costó horrores convencerlos de que era lo correcto. El día en
que accedieron estuvimos gritando una hora, literalmente y, no pegamos un ojo
en toda la noche haciendo planes, buscando lugares dónde vivir. Lo único que
teníamos asegurado era un lugar en la “University College London” y un trabajo
de medio tiempo en la cafetería de la misma.
Alice estudiaría diseño y yo, literatura inglesa. Hasta que no le
comunicamos eso, se negaban a ayudarnos económicamente. Luego de buscar por
horas, conseguimos la casa perfecta. Era pequeña, pero ideal para nosotras.
Estaba ubicada en un buen barrio cerca del campus. Según nuestros padres era
hermosa. Ellos se habían encargado de elegirla, comprarla y equiparla para
nosotras durante sus vacaciones el mes pasado.
Click en más información...
Nuestras bocas se abrieron de incredulidad y solo fuimos
capaces de decir ¡WOW! Cuando el taxista -un hombre bastante mayor, que al
parecer no veía la hora de que bajásemos y dejáramos descansar sus oídos-, paró
frente a la casa. Esta se encontraba en el distrito de Bloomsbury, en el centro
de la ciudad, a apenas algunas cuadras de donde se ubicaba la universidad, en
la Gower Street.
Nuestros padres tenían razón. Estaba constituida por dos
pisos, un pequeño jardín rodeaba el corto sendero de cemento que guiaba a
cuatro escalones que llevaban al porche. Dos ventanas con cortinas blancas
flaqueaban la puerta de madera pintada de negro. En el piso de arriba podían
observarse dos ventanas más.
Apresuradas fuimos hacia la entrada. Dejamos caer la llave
unas cinco veces y nos costó bastante poder abrir con nuestras manos
temblorosas de la emoción. Si la parte de afuera era “WOW” el interior no tenía
precio.
El vestíbulo era pequeño y elegante, al costado de la
entrada había una mesita en donde se encontraba un jarrón blanco con flores
azules, a su lado un perchero y un gancho para colgar llaves.
La sala poseía un juego de sillones de cuero color negro
adornado con almohadones blancos. Una mesa de café de vidrio se hallaba en
medio de estos y, en frente, sobre una hermosa chimenea eléctrica descansaba la
pantalla plana de televisión conectada a un reproductor de DVD. A un costado,
había un librero el cual estaba segura que iba a llenar completamente en medio
segundo y una repisa para Cd’s y películas. El piso estaba cubierto por una
suave alfombra blanca y las paredes eran de color lila.
La cocina comedor estaba perfectamente equipada. Contaba con
una amplia variedad de utensilios, una moderna heladera negra, cocina y
lavavajillas a juego. Las alacenas, que se abrían a presión, eran blancas casi
grises. Aquí, las paredes estaban pintadas de un amarillo claro y en el
lavamanos había una ventana que te dejaba apreciar el patio trasero. Una de las mesas, la de desayuno, era en
forma alargada y con cuatro banquetas alineadas perfectamente. La otra,
demasiado grande para nosotras, ya que en ella cabrían fácilmente 10 personas.
Decidimos dejar para lo último el patio trasero, pues era lo
que menos nos importaba y nos dirigimos a la planta alta por la antigua
escalera de madera que se encontraba en la sala. Al subir, descubrías la puerta
de uno de los baños para los invitados y a los costados, nuestras habitaciones
las cuales habían sido asignadas por nuestros padres, la de la derecha era la
mía.
¡Me encantaba! Una cama bastante grande descansaba en medio
del cuarto. Las paredes eran de mi color favorito, azul. Y el piso, una mullida
alfombra blanca. Mi armario era pequeño, cosa que agradecí. No poseía demasiada
ropa, lo contrarío de Alice. Dos mesas de noche flaqueaban la cama. El tamaño
del baño privado era lo justo.
Luego de terminar nuestro recorrido, decidimos comenzar a
desempacar. Tardamos la mayor parte del día haciéndolo. Entrada la tarde, All
decidió ir a recorrer un poco la zona y volvió con varias bolsas de compras
llenas con bastante comida chatarra y bebidas. Cuando llegó la noche, demasiado
cansadas para cocinar, decidimos buscar en la guía telefónica un lugar cercano para
pedir pizza a domicilio.
Mientras esperábamos que nuestra cena llegase, decidimos
sentarnos en la sala escuchando un poco de música sin hablarnos.
—Es increíble que estemos aquí, casi instaladas por completo
en nuestra amada ciudad —dijo de repente Alice.
—Sí, estoy de acuerdo. Aún no me hago la idea.
—Espero que tengamos algún vecino caliente. —La miré con una
ceja alzada—. ¿Qué? ¡Eso sería genial!
—Eso solo pasa en los libros y películas. No tenemos tanta
suerte como para tener uno.
—Cierra la boca. No rompas mis ilusiones aún. —Me sacó la
lengua de modo infantil.
—Madura, enana. —El timbre sonó en ese momento. Tomé el
dinero y me dirigí hacia la puerta.
—¡Si es un repartidor sexy, hazlo pasar! —Gritó.
—Alguien necesita una alegría… —murmuré para mí misma.
Solo para verle la cara de horror a mi amiga, le hubiese
dicho que pasara al chico de pelo grasiento con el rostro repleto de acné, creo
que no le quedaba espacio para un asqueroso grano más, al parecer la enana no
era la única a la que le vendría bien un buen orgasmo…
—Son 15 libras. —Su voz era nasal y apenas se entendía lo
que decía. ¿Tenía una papa en la boca o algo así? Si no pensara llamar seguido
a ese servicio, le diría que aprendiera a modular y se consiguiera con quién
follar como cualquier descerebrado de su edad. Pero no, iba a ahorrarme mis
comentarios, no quería que la próxima vez que pidiera pizza viniera con algún
que otro regalo. Lo despedí con una forzada sonrisa y se marchó en su
bicicleta.
Ahí fue cuando lo vi por primera vez, aparcando en la casa
continua a la mía, lo observé bajarse con gráciles movimientos del reluciente
Volvo. El viento despeinaba su sexy cabello bronce. Iba vestido con un traje
hecho a medida color gris y llevaba unos Ray-Ban que le quedaban jodidamente
perfectos. No debía llegar a los treinta años, se me hacía agua la boca
admirándolo, todo parecía pasar en cámara lenta como en las películas,
dejándome apreciar cada movimiento realizado por su cuerpo. En medio de mi
descarado escrutinio, mi amiga decidió aparecer sacándome de mi trance.
—Bella, ¿por qué tardas tanto? ¿El repartidor es realmente
fo…?
No la dejé terminar y la empujé hacia adentro desesperadamente
logrando, no sé cómo, que nuestra comida no terminara en el piso. Cerré la
puerta.
Gracias a su demasiada, elevada y chillona voz, el dios
griego me vio en el momento que me lo comía con mis ojos (y lo violaba
mentalmente) y una engreída sonrisa apareció en su rostro mostrando una hilera
de relucientes dientes blancos.
—¿Qué pasó ahí afuera?
—Tete… tenías razón.
—¿El repartidor era follable?
—No, el vecino. Es, es… ¡Jodidamente follable!
—Oh, ¡quiero verlo! —Comenzó a acercarse a la puerta pero la
detuve.
—¡NO! —Grité algo alterada.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Porque… —¡Vamos Swan, piensa!— Seguramente ya entró. —Y si no lo hizo me da igual. No iba a
confesarle que me había atrapado violándolo con la vista. Ni en sueños.
—¡Rayos! Quería verlo… A la sala. ¡AHORA! Necesito saber
cómo es. —Arrebató de mis manos la caja de pizza y se encaminó hacia allí. La
colocó sobre la pequeña mesa de café y se despatarró en uno de los sofás.
Planeaba imitarla, pero claro, al parecer ella no tenía intenciones de dejarme
hacerlo—. ¿Serías tan amable de traer unas cervezas del refrigerador? —¿Desde
cuándo era tan educada?
—Sí, claro… —respondí confundida y ella rió.
Cenamos entre risas, mientras le contaba con lujo de
detalles cada parte del cuerpo del dios griego que teníamos la suerte de tener
como vecino.
Nuestros padres llamaron antes de que decidiéramos ir a
tomar nuestro merecido y muy deseado sueño reparador.
Nos despedimos y cada una entró en su habitación. Decidí
tomar una rápida ducha, y casi me quedo dormida. Salí, me puse mi pijama rosa
con miles de Bob Esponja esparcidos en toda la tela del pantalón y uno enorme
en la remera. Sí, súper sexy, lo sé.
Apenas mi cabeza tocó la almohada, caí en un profundo sueño. Soñé con
sexys vecinos follables de cabellos bronce y sonrisa moja bragas…
.
.
Los rayos del sol que se filtraban por mi ventana me
despertaron demasiado temprano para mi gusto. ¿Raro? No lo creo, estábamos en
verano y los días aquí eran jodidamente cálidos y húmedos. Había olvidado
cerrar las cortinas la noche anterior. Me maldije a mí misma. Pude haberme
levantado, cerrarlas y volver a dormir, pero aunque realmente amé mi sueño no
estaba dispuesta a cerrar los ojos y que éste se repita. Demasiado calor
corporal para tan tempranas horas. Me desperecé y moví mi cuerpo fuera de la
cómoda cama. Observé la hora en mi teléfono y gemí. 8:30 am, genial. Me dirigí
al cuarto de baño refunfuñando sin sentido y opté por una rápida ducha cuando
vi que me era imposible desenredar el desastre en mi cabello. Al terminar, lo
até en una alta cola, ni en sueños iba a utilizar el secador, con la humedad
iba a parecer el Rey León.
La temperatura era de 24° así que me vestí con unos shorts
deportivos negros y una remera de tirantes blancas con mis inseparables
Converse. Planeaba dar una vuelta alrededor del vecindario y tal vez caminar
hacia el campus para calcular el tiempo que me tomaría llegar allí. Me coloqué
mis lentes de sol y estaba lista.
Cuando salí, el calor abrasador del sol me dio la
bienvenida. Cerré la puerta tras de mí y comencé mi caminata. Traté inútilmente
no guiar mi mirada a cierta casa, ya que en cuestión de segundos mis ojos
estaban dirigiendo su atención allí. La fachada era similar a la mía, todas las
del vecindario lo eran. Para mí desconcierto, me sentí decepcionada al no
verlo. Estaba siendo totalmente ridícula e inmadura al imaginarme que aquel ser
tan impresionante, que ni siquiera conocía y solo había visto una vez, fuera a
fijarse en mí. Ni siquiera para mantener una relación cordial entre vecinos. Seguro
al pescarme comiéndomelo con la mirada, pensó que era una simple niñita con las
hormonas alteradas que se sintió atraída por él y que sería mejor mantener
distancias… ¡Basta Swan! Me regañó mi subconsciente. Estaba realmente loca,
había hecho un océano de un vaso de agua.
Continué mi camino absorbiendo toda la belleza de los
alrededores con mis ojos. Estos se agrandaron de la emoción cuando al doblar la
esquina que llevaba a la Glower Street, vi allí un perfecto, hermoso y
adictivo, local de Starbucks. ¡A la mierda con cronometrar cuánto tardaría en
llegar al campus! Eso podía esperar, un exquisito frapuccino de fresas me
llamaba a gritos. Más aún al no haber desayunado.
Ingresé al local con una radiante sonrisa adornando mi
rostro, estaba tan apurada por terminar con mi abstinencia de dos meses sin mi
amado frapu, que ni siquiera me di cuenta de la esbelta figura que venía hacia
mí, totalmente en otro mundo como yo, hasta que nuestros cuerpos colisionaron.
El choque hizo que me tambaleara hacia atrás. Me preparé para recibir un buen
golpe que seguramente impediría que me sentara por algún tiempo, mis ojos se
cerraron, pero el impacto nunca llegó. Fui consciente de unos fuertes brazos a mí
alrededor impidiendo la caída. Avergonzada y sonrojada como tomate de pies a
cabeza, poco a poco fui abriendo mis ojos.
Mi salvador de la épica caída “rompe traseros”, aún me sostenía pero me negaba a mirarlo, dejé
que mi mirada vagara por el local, mi vergüenza disminuyó un poco al ver que no
estaba tan lleno como era habitual en estos lugares. Pero así como fue
reducida, aumentó al ciento por ciento y mi color pasó de rojo a violeta en
cuanto me fijé en el par de ojos grisáceos que me miraban con diversión.
¡Tierra trágame!
No podía estar pasando. Por favor, que solo sea un sueño y
me levante en mi nueva habitación acalorada por haber soñado con él o lo que
sea. ¡Pero que esto no sea verdad! Sin embargo, eso no iba a pasar, esta es la realidad. Mi sexy vecino
esbozó una sonrisa juguetona, idéntica a la del día de ayer, aparentemente al
adivinar que yo lo había reconocido.
—¿Te encuentras bien? Pareces algo aturdida… —¡Hola acento
británico! Si su cuerpo te hacía babear, su voz con un simple “hola” te
provocaba un orgasmo—. Yo… lo siento, no veía por dónde iba, al parecer tú
tampoco —prosiguió al ver que no respondía—. Te me haces conocida, ¿tú eres…?
—Tu bipolar, loca, impulsiva, explosiva, extrovertida, pero
de buen corazón vecina… Isabella Swan, puedes llamarme Bella. Un gusto —respondí
atolondradamente extendiendo mi mano. Al parecer mi cerebro quiso reaccionar y
volver en funcionamiento a toda velocidad.
—Edward… Cullen —contestó ligeramente aturdido por mi cambio
repentino. Estaba dando todo un espectáculo.
¡Aplausos para Bella!
—¿Puedes…? —Insinué moviendo mi cuerpo para hacer que
soltara su agarre.
—Oh, sí. Lo siento. También por el choque.
—Está bien, Edward. —Me gustó demasiado como sonaba su
nombre al salir de mis labios—. Estaba demasiado desesperada por comprar,
también debo disculparme.
—Entonces, ¿es una disculpa mutua? —Preguntó extendiendo
nuevamente su mano. Nos dimos un ligero apretón y si alguna vez pensé que la
famosa “corriente eléctrica” de la
que muchos hablan era totalmente mentira, ahora podía decir que no podía ser
más cierto. Su contacto hizo que mi cuerpo se estremeciera y sintiera cómo una
parte de mí se iba con su toque cuando de repente él se soltó de mi
agarre. Asentí atontada—. Bueno, buena
suerte con tu compra, debo irme. Nos vemos luego… Bella.
—Nos vemos —dije ligeramente decepcionada por su rápida
partida. Observé como con ágiles movimientos dignos de admirar, se dirigía a la
salida. Antes de llegar a la puerta se giró y llamó mi atención.
—¿Bella?
—¿Sí?
—Ten cuidado por dónde caminas.
¿Acaso acababa de bromear conmigo y guiñarme un ojo?
¡Oh mi Dios!
No hay comentarios:
Publicar un comentario